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Mi plan de domingo

En el 2002 Saprissa estaba pasando por una situación difícil. A tal punto, que estaban vendiendo sociedades en el estadio por tiempo muy prolongado. Mi papá, como el aficionado fiel y fiebre para ir al estadio que siempre ha sido, ayudó al equipo y decidió adquirir dos espacios fijos en Sombra Oeste del Ricardo Saprissa. Para ese momento yo estaba muy pequeña y él no quería llevarme a los partidos todavía. Cuando tenía 8 años, fuimos juntos por primera vez a ver a Saprissa. Ese día conocí la inmensidad de la Cueva. Me enamoré de ese lugar tan majestuoso y todo parecía enorme a los ojos de una niña.

Yo vivo en Alajuela. He vivido acá siempre. Mi familia, mis tíos y mis primos, todos somos morados. Las personas se extrañan cuando ven una Saprissista que vive en Alajuela y que viaja hasta a Tibás solo por ver a Saprissa. Para mí, ir al estadio se ha convertido en un hábito. Siempre íbamos papi y yo para la Cueva los domingos y los miércoles. Sin importar el tráfico, otros compromisos, si estábamos enfermos, si llovía, si hacía viento o si había un huracán. Siempre nos iban a encontrar en el estadio. Después se nos empezó a unir más gente: mis hermanas, mi tío, mis primos, mis amigos. Ir al estadio se ha convertido en parte de quién soy, de mi descripción. No puedo imaginar mi vida sin alentar desde las gradas.



El primer campeonato que presencié en el estadio fue cuando ganamos la copa número 29, hace una década. Todo era alegría y fiesta para los morados. Desde ese campeonato, hasta el número 34, todos los he celebrado con papi en el estadio. Lastimosamente, por culpa del virus no pudimos celebrar la 35 con nuestra familia morada. Pero sí tuvimos la dicha de celebrar desde casa y con esperanza de poder volver pronto a alentar desde el estadio. Definitivamente, es lo que más extraño de la vida pre-pandemia. 

Ir a la Cueva significa poder vivir las emociones más intensamente. Caminar hacia mis asientos de siempre como si estuviera en casa. Sentir cómo se me eriza la piel con solo escuchar la vibra de la Ultra. Asustarme un poquito cuando se mueve el suelo por los saltos de toda la afición. Celebrar los campeonatos abrazando a quienes estén conmigo sin importar si nos conocemos o no. Cerrar los ojos cuando se va a cobrar un penal y escuchar cómo la afición grita el gol. Escuchar los cantos al unísono: ¡Que se paren los morados! ¡Monstruo, monstruo de mi vida! ¡Aquí estoy, morado soy! Porque, para ser feliz, no necesito nada más que mi plan habitual de los domingos.






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